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lunes, 18 de junio de 2012

PARÍS, LA CIUDAD DE LOS SUEÑOS...


Sí, es cierto, estoy enamorado del aire, de las luces y sombras de la primavera, de cada fragancia y esencia de aquella ciudad... París... siempre París... por fin París...

Posiblemente por no haber vivido en ella, por no haber sufrido los problemas del tráfico, ni la delincuencia o los problemas reales, es una ciudad que me fascina... No toda ella, por supuesto, no los suburbios, ni las zonas marginales, ni las inseguras, que para eso, ya (sobre)vivo en Madrid, y también en Londres y Roma viví durante varios meses...

Me quedo con el París del Quartier Latin, de las pequeñas plazas que te sorprenden en cualquier lugar, de sus pequeños tenderetes llenos de cuadritos, y de postales, de artistas y de encanto de la bohemia... Prefiero algunas zonas, como Montmartre, la iglesia del Sacré Coeur, espectacular, que aparece como un merengue gigante, coronando un larguísimo tramo de escaleras...

Por su espectacularidad, me encanta pasear, despacito o en barco, por las orillas del Sena, ver todos aquellos edificios señoriales, las rejas, los puentes, y la pequeña Estatua de la Libertad... Pero si hay un lugar mágico, es la zancuda, patilarga, inmensa, rimbombante, grácil, etérea, increíble, espectacular, hermosa, acogedora... TOUR EIFFEL... ¿quién si no?

Siempre que visito la ciudad, le rindo homenaje, a sus pies mi abuelo nos compró una paloma de plástico con un pequeño motor que funcionaba dándole cuerda a un pequeño motor de gomas, y nos enseñó a volarla... Y allí comimos también aquella impresionante crêpe de chocolate, que terminó en buena parte sobre nuestros impermeables mientras nos reíamos felices... También recuerdo la breve escala que hicimos en la Ciudad de la Luz durante el viaje de paso del ecuador mientras mi hermana y yo estudiábamos en la facultad... O la escapada relámpago para ver una exposición sobre Egipto en el Louvre, con la larga noche que pasamos sin poder dormir mi hermana y mi padre, porque teníamos de compañero de viaje en el compartimento a un vecino que roncaba incluso más fuerte que el propio sonido del tren nocturno...
Mas a cada viaje, creo que han sido cuatro, son menos las personas que han vuelto conmigo, y cuando acudamos a la cita con el otoño, y sus galas, solo estaremos ella… y yo...
El París que me gusta, es el de las luces, las etéreas vidrieras de Les Invalides, la Mona Lisa sonriendo en el Louvre, la pétrea seriedad del Arco del Triunfo... Y el dedo acusador del Obelisco, extraño, ajeno a todo, que nos contempla altivo... Y las torres, y el rosetón, y la antigua magia de la catedral de Notre Dame, gran señora... Son demasiadas cosas hermosas por ver: el Museo Quai D´Orsay, l´Orangerie, el Pensador de Rodin, el Centre Pompidou, y muy cerca... Versalles... la luz, los jardines...

París, ciudad de mis sueños, donde viven, entre otros miles, algunos buenos amigos, a los que hecho intensamente de menos, sigue siendo, para mí, la ciudad de los sueños...

QUINCE DÍAS EN MÉJICO... A SU LADO...


Al final del camino, perdida en la memoria, espejismo de un futuro imposible por nacer muerto, recuerdo mezclado de quince mañanas y tardes, tu voz, dulce y suave como la pulpa del melocotón, me llama... me incita... me insufla cantos de sirena... y me lleva a imaginar que no hubo un brusco final para aquel viaje, para aquellos sentimientos...que jamás tuvieron la ocasión de madurar...

No tiene sentido, es cierto, torturarse por aquello, por lo que directamente no fue, ni podía ser, ni fue... Son demasiadas las imágenes que inundan mi ser, al menos esta noche, como para no darles salida, una especie de exorcismo voluntario del olvido... Hace tantos años de aquello, y sin embargo... Sin embargo, he vuelto a mirar las viejas fotos, a viajar mas allá del tiempo hacia los recuerdos...

Gran experto en enamorarme del amor mismo, no pude resistirme a tu melena cobriza, salvaje, a tus profundos ojos negros, ni a los hoyuelos, que decoraban tu sonrisa de niña mala, traviesa, de mujer-niña, o tal vez de niña-mujer, o de diosa... Yo iba a cumplir los dieciocho, y tú, Gacela, no tendrías ni dieciséis, y en aquél viaje a Méjico, estar contigo fue lo más cercano de conocer el cielo...

¡Qué inocente era, y qué imbécil, sigo siendo! Cuando me comentaron que los amigos de mi madre viajarían con sus dos hijas, no presté atención... Pero cuando te vi en el aeropuerto, y nos besamos, en las mejillas es cierto, pero con aquella complicidad de ser los hermanos mayores, pensé que Dios existía, que era muy bueno... por haber puesto en mi camino aquella Diosa... aunque fuera para adorarte desde lejos, en silencio, y atesorar cada momento a tu lado... Fueron quince días juntos, haciendo turismo por Méjico, con nuestras tres familias (también viajaba otro matrimonio, amigo de mis padres), descubriendo lugares extraños y maravillosos... a tu lado...

Para mi, siempre tendrás dieciséis años, Gacela... Siempre llevarás unos pantalones blancos y un polo, blanco con rayas azul clarito, en Chichen Itzá... Y te haré fotos a cada descubrimiento, sin que hubiera quejas por tu parte, porque la cámara estaba enamorada de ti... y yo también... Y vestirás bermudas rojos y polo blanco, Lacoste, subida a las ramas de un árbol seco, marcando sombra... Y deslumbrarás al mundo con tu conjunto blanco, comprado en Cancún, a juego con mi camisa, que todavía conservo, leyenda viva en el ropero...

O cuando saliste de la piscina con el bañador bicolor... marcando todas y cada una de las curvas de tu cuerpo de adolescente... Nunca te he visto más seductora que en aquél instante... O los momentos clandestinos en los que me buscabas después de cenar, para fumar a escondidas conmigo, y me mirabas nerviosa por que pudiesen pillarnos tus padres, compartiendo mi cigarrillo...

No concibo recordar Méjico sin ti... sin el pan, de hogaza, empapado en lima, con mantequilla...
Y las cazuelitas de queso fundido con chorizo picante... O el intento de alisar la camisa con vapor en la ducha, mientras estábamos tumbados, vestidos, en la cama... con nuestras hermanas, y contando chismes... casi inundamos el cuarto de baño, y la camisa, fatal, y tú te reías, y sonreías, chapoteando en el agua... mientras nos olvidábamos un poco de todo...  Y nuestro viaje en el barco, hacia Isla Mujeres, cuando tú estabas tumbada en la cubierta, con tu maravilloso biquini, y yo tenía que escoger entre mirar los colores siempre cambiantes del Caribe o seguir recorriendo las curvas de tu pecho con la mirada... y al final, escogí mirarte a ti...

Veinte años cumplidos... Demasiado tiempo... Después del viaje, nos vimos un par de veces, y jamás te dije nada... Entre otras cosas porque te consideraba inalcanzable, como una diosa... Y porque en el viaje de regreso te enamoraste de un chico que era de una categoría social más acorde con la tuya... Me sentí fatal en ese momento, Gacela, sobre todo porque habíamos pasado quince días juntos, y yo no había conseguido ser nada más que el hijo de los amigos de tus padres, y como mucho un amigo circunstacial.

Ya de regreso en Madrid nos vimos un par de veces, en varias ocasiones fui a buscarte a la puerta del colegio para acompañarte a tu casa, con la excusa de enseñarte las fotos del viaje, o para que me dieras algunas de las cintas con tus canciones favoritas, incluso asistí a uno de los conciertos de piano que diste como espectáculo de fin de curso... Pero siempre te consideré más allá de mi alcance, aquél fue mi mayor error... Y escogí convertirte en una Diosa viva, pero distante... en vez de en una realidad... Más allá de aquél viaje, incluso me parecía dificil mirarte sin recordar cómo te quedaba el bikini, o el bañador, lo que no era demasiado compatible con verte con el uniforme del colegio...

No se puede separar lo que nunca ha estado unido, no vale la pena recorrer otra vez los senderos, imposibles, de la memoria remota... pero lo hago... y me despido de ti por ahora, Gacela, con tu sonrisa en los labios... y el beso que nunca te dí aleteando en el limbo de los recuerdos imposibles...

Y mis momentos más felices de aquél viaje estarán siempre asociados a ti... El paseo en barco...
creo que es la única foto en la que salimos juntos... y los dos sonreímos, cosa rara en mí, sonreír... Aquella tromba de agua en la ciudad de la selva, en Palenque, que nos empapó completamente, y el calor, pesado, vegetal, que revelaba demasiadas cosas... pero desde luego más de las que debería... pero como toda adolescente preciosa y que es consciente de serlo, tampoco le dabas demasiada importancia a que yo te mirase embobado...

miércoles, 21 de septiembre de 2011

QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA...

Otra visión angelical... que rompió mis esquemas... No se me ocurre otra manera de recordarla...

Primeros días del verano, fiesta en el instituto, demasiadas ganas de divertirme, a su lado, de estar con ella, Eloísa, con mi segundo gran amor... que sin embargo, jamás fue otra cosa que una gran amiga, de aprovechar la tarde, el ambiente relajado, aquella extraña camaradería de la que disfrutas cuando lo peor ha pasado, y me refiero a la dichosa Selectividad, y de alguna manera, lo que estás celebrando es el final de una etapa... y el principio de otra...

Las actividades, pensadas sobre todo para los más pequeños, estaban basadas en multitud de juegos: coger una manzana con la boca, dentro de un barreño de agua... Sostener una cuchara con la boca, manteniendo en precario equilibrio una pelota de ping-pong mientras haces una pista de obstáculos... Coger una moneda con la boca dentro de un plato lleno de harina (que se cambiaba periódicamente), y una turbamulta de actividades, incluyendo derribar botes de cerveza a pelotazos, algo de malabarismos, juegos de habilidad... y todo ello, en medio de un desorden ordenado, que vigilaban atentamente los profesores...

Nunca he sido una persona especialmente sociable, y si había accedido a participar en tan magno acontecimiento, era precisamente por estar con ella varias horas... Por eso, me sentó tan mal cuando me dijo: "¿Te importa que lleve a mi prima de Málaga? Es una chica encantadora, y le apetecía mucho pasar unos días conmigo en Madrid..." En aquél momento, me sentí traicionado, y mi mayor preocupación era encontrar alguna manera de librarme de la "primita"... Por eso, busqué una cabina telefónica (en aquellos tiempos, y me refiero a 1988, los teléfonos móviles no existían prácticamente...) y llamé a uno de mis escasos amigos y compañeros de clase, para pedirle que se dejase caer por allí, y se encargase él de entretener a la primita... Como todos los planes perfectamente elaborados, salió al revés...

Porque, desde el primer momento, me quedé absolutamente subyugado por Anastasia, la prima de Eloísa, mi "amiga especial", de quien llevaba tantos años (secretamente) enamorado... aunque el enamoramiento es en mí prácticamente una opción vital... Quizás Anastasia no fuera realmente hermosa ( por desgracia, casi todas las fotos que conservo son posteriores a aquella tarde de verano) mas en su conjunto, desprendía lo más parecido a una aureola de inocencia que he visto en toda mi vida... Su pelo, rizado con media melena, enmarcaba perfectamente su cara de muñeca, de ojos profundos de color castaño claro, nariz pequeña, boca grande de hermosos labios... Llevaba un top oscuro, cuyo color no recuerdo, una minifalda vaquera, y sandalias...

Como en los dibujos animados, mi campo focal se estrechó muchísimo, hasta el punto de que durante el resto de la tarde y parte de la noche, solo la veía, y escuchaba, a ella... Su acento malagueño me hacía sonreír, y me sentía a gusto con ella... Pasamos juntos varias horas, durante las cuales Eloísa y Fidel se aburrieron mortalmente... y optaron por no hablarme durante varios días, quizás para expresar su desagrado... Pero a mí, sus reacciones o sentimientos me eran completamente indiferentes, puesto que era consciente de disponer de muy poco tiempo para conocer a Anastasia...

Casualidades del destino, nos hicimos amigos, con aquella única tarde de sábado en Madrid... Y nos hemos estado escribiendo durante muchos años... Sus cartas, muchas de ellas vagamente perfumadas por su colonia, con los puntos sobre las íes tan grandes que parecían una pequeña "o", su letra de niña buena, se convirtieron durante varios años en el principal motivo de mis escasas alegrías...

En dos o tres ocasiones viajé a Málaga, las dos primeras en casa de sus padres (Anastasia me dejó su habitación), y la última de ellas, en el piso que compartía con su novio y un precioso perro, creo que era un Husky siberiano... De aquellos tres viajes conservo recuerdos difusos... Los huevos estrellados con patatas fritas que preparaba su madre... Las mañanas, perezosas, tomando el sol en la playa con su amiga Marjolein... Noches en la Feria, por la calle Larios, tomando "pescaíto" y bebiendo vino fino... Lo mucho que le gustaba a las dos bailar sevillanas, incluso vistiendo top de fantasía, pirata blanco y chancletas... mientras yo, con mis dos pies izquierdos, las miraba desde la barra, ahogando las penas en zumo de piña... algunos besos juguetones en la comisura de los labios, de madrugada... Ángel, su novio de aquél entonces, que trabajaba en un bar, y nos invitó a varias copas...

No, realmente no estuve enamorado de ella... Quizás "fascinado" fuera la palabra más adecuada, para el día en que nos conocimos... Con el paso del tiempo y mis tres visitas, los dos cambiamos, y Anastasia perdió el encanto de la primera adolescencia, igual que yo... Su mayor herencia fue el presentarme a Belarmina, mi quinto amor... De ella sí que me enamoré... pero esa es otra historia...

Pero hoy, he leído su nombre en el periódico... y las arenas del tiempo se han deslizado hacia atrás... De repente, me han asaltado los recuerdos... y la he visto de nuevo, como aquella lejana y primera vez, con su cabello rubio refulgiendo con los rayos del sol poniente... Y he comprendido que veinte años no es nada, para aquellos recuerdos que se han quedado anclados en el corazón...

ELISABETTA... Y EL FINAL DEL SUEÑO...

La princesa y la rana... El príncipe y la corista... La bella y la bestia... Se diría que a todos los cuentistas les llaman poderosamente la atención el choque entre los extremos, como si el interés por la persona menos adecuada fuera precisamente lo más lógico, normal o atrayente... Por eso, nos gusta tanto Jessica Rabit, cuando dice "No es culpa mía si me han dibujado así..." o comprendemos tan bien que la chica más femenina de cualquier ocasión (clase, postgrado, universidad, gimnasio...) salga con el tío más bestia... o el de peor reputación... Lo vemos en las películas, lo escuchamos en las canciones... pero es algo que no te crees del todo... hasta que no te pasa a ti...

Siempre, desde que tengo uso de razón (o más bien, del corazón), he estado enamorado: de un ideal de belleza, de una imagen, de un espejismo, o llamalo como prefieras, de mujer... Siempre...Y quizás por mis antecedentes, y por el contraste que representaría, me ha gustado el papel de "protector"... lo que por otra parte siempre me ha parecido imposible, teniendo en cuenta mi envergadura y corpulencia (un metro setenta, y sesenta kilos por aquél entonces)... Por eso, yendo para "galán", me quedé encasillado en el papel de "amigo", cosa que por otra parte, no me importaba demasiado: más o menos como el apasionado por el caviar "Beluga"... que se tiene que conformar con las huevas de "Mujol"... Y, al mismo tiempo que crecía lentamente el número de chicas que me atraían que me consideraban su amigo... yo me sentía tremendamente solo...

Pero hoy me apetece hablaros de ella, puesto que lleva unos cuantos días rondando por mi memoria... bueno, sobre todo, su voz... Nos conocimos una vez terminada la universidad, en un curso de posgrado en periodismo, unas treinta personas, de las cuales veinte eran chicas, que iban desde lo "discretito" a lo "espectacular", pasando por todo el resto de la gama, y todos unidos por el deseo de aprender algo nuevo... si añadimos que dos de los chicos eran gays... era poco menos que el paraíso para los demás varones heterosexuales en busca de princesa, al menos según las leyes de la estadística...

No fui el único que se frotó mentalmente las manos, al darse cuenta de que "tocábamos" a dos hembras y media por cada varón... Y pasaron los meses... y todos (y todas) nos pusimos a jugar... Surgieron varias parejas, algunos romances pasajeros, amparados por la complicidad de las ondas y de los ensayos... Creo que todos nos mirábamos fijamente a los ojos, según las mujeres restantes iban haciendo su elección... Por aquél entonces yo era amigo de una auténtica princesa de ojos negros, larga melena, y risa dulce y cantarina, de quien no me enamoré porque ella tenía novio... y en el fondo, porque me parecía demasiado hermosa, y demasiado dulce, para ser real... Al final, asistí a su boda, y es una de las novias más hermosas que he visto nunca... También era amigo de una chica de Burgos, apasionada por Mike Oldfield... y por la literatura...

Y luego, estaba ella...

A su lado, me sentía bien, me gustaba su forma de ser, de vestir (esos vestiditos veraniegos...), su optimismo, su forma de mirar... Era como una Barbie, pero de verdad, con su media melena rubia un pelín oscura, su largo cuello de garza... Y su voz... con ese toque de angostura, que sacaba el máximo partido en cada una de sus risas... No sé, algo en ella, además de todas aquellas cosas, hacía que todos nosotros (menos los dos gays) orbitásemos a su alrededor como los restos de un cometa en los aledaños de un agujero negro... Se llamaba Elisabetta...

Y entre tanto carroñero, se escondía un super-depredador... No era precisamente Brad Pitt, el amigo Norberto... pero sin embargo, su creatividad, y su fuerte personalidad, eran más que suficientes... Durante varias semanas yo había ido estrechando el cerco, con mucha paciencia, en torno a Elisabetta, y procuraba que estuviéramos en los mismos equipos de trabajo, merendar algo juntos... Creo que el tener coche, y no importarme desviarme "algo" de mi ruta (en verdad, había casi tres cuartos de hora desde mi casa hasta la suya) se convirtió en un factor importante... Yo seguía empeñado en enamorarme de alguien a toda costa, en poner en funcionamiento mi corazón después del último batacazo... Y por eso, al enterarme de su próximo cumpleaños, le compré un oso de peluche que escondí en el maletero del coche, y la llevé, una noche más, a su casa...

Durante el camino, estuvimos hablando sobre el amor, los sentimientos... Y en su misma puerta, le dije que me había enamorado de ella, que pensaba que era una persona fascinante, y que gracias a ella "mi corazón había vuelto a latir...", lo que no dejaba de ser cierto, pues salí muy vapuleado de mi anterior relación... Y fue entonces cuando ella, Elisabetta, me dejó bastante maltrecho, con muy pocas palabras... "Mira... si yo fuera una chica racional, te diría que sí, que acepto tu amor, porque eres un chico fantástico... pero yo no soy una chica racional... y estoy enamorada de Norberto..." (que además tenía novia)... Nos despedimos a pie del coche, ella subió a su casa abrazando el peluche...

La noche siguiente, la volví a llevar a su casa... y un par de noches más... Hasta que declinó mi ofrecimiento... Terminó entonces una etapa de mi vida amorosa, un nuevo fracaso... que de todas formas no tardó en verse eclipsado por otros fracasos y decisiones erróneas en demasiados ámbitos... Y durante más de dieciséis años, Elisabetta ha permanecido allí, rondando en algún lugar de mi conciencia... Como el fantasma de antiguos sentimientos, o el símbolo de la pérdida de una parte de mi vida... La última vez que tuve noticias de ella, vivía en Londres...

Y esta tarde, al hablaros de ella, siento que de alguna manera entierro una línea entera de futuribles, en los que podría haber sido más feliz, sentirme más realizado como persona, y sobre todo, como profesional... porque no tiene sentido quejarse, y dejarse llevar... Aunque las tardes de niebla y frío, mientras paseo a solas por el parque, los zarcillos de la memoria me hablan de ella... de Elisabetta... y del final del sueño...

MOMENTOS EN LA NIEBLA...

Sábado 11 de diciembre de 2010... una densa capa de niebla cubre la ciudad, que despierta lentamente tras una larga, larguísima noche, de cenas de empresa, besos robados, muchas risas, algunas lágrimas... El fantasma de las navidades pasadas sigue haciendo de las suyas, salvo que esta vez, se camufla, se esconde, en el corazón de la niebla... Y mientras estoy conduciendo hacia el trabajo, con las ventanillas abiertas para recibir aunque sea algunas ráfagas de recuerdos, algunos de ellos auténticos, otros inventados y unos cuantos futuribles, tengo la impresión de no estar tan solo... Es cierto, ir en coche no es muy "glamouroso", la introspección habría sido mucho más profunda de encontrarme paseando por uno de mis lugares mágicos, el Parque del Capricho (Alameda de Osuna, Madrid, España...), pero de todas formas... percibo las sombras en la niebla... y me alcanzan los recuerdos...

1983, más o menos cuando los Dinosaurios caminaban sobre la Tierra fue uno de los años que, hasta el momento, recuerdo con más cariño... Y surgieron las sombras en la niebla, durante una estancia con compañeros del instituto Saint Exupéry... Creo que fue la primera ocasión en que mi hermana y yo salimos de casa de nuestros padres durante tantos días, para descubrir un Albergue dentro de un hermoso pueblo cántabro llamado Bárcena Mayor... "Mágico", es la palabra que mejor define aquella estancia... Y hubo momentos de niebla, durante una excursión hasta una ermita en la que pernoctamos, metidos hasta las cejas en los sacos de dormir... Pero, por primera vez en la vida, no tenía miedo ni de la niebla, de la soledad, de la tristeza... Y por eso, recuerdo aquella niebla, densa hasta el punto de no poder distinguir tu mano, con cariño...

Cae la niebla, en la costa de Irlanda... Paseo lentamente por la playa desierta, y solo estamos el mar, el sonido de las olas en la playa de guijarros, y yo... Solo, por no variar, aunque aquella mañana tenía demasiadas cosas en la cabeza... detalles sin importancia, como los planes para el futuro, lo que me gustaría ser "de mayor" (seguía en el instituto), con el acre sabor de un cigarrillo en la garganta... No hace frío, quizás lo llevo dentro... y recuerdo pocos momentos de soledad más absoluta que aquél rato, acunado por las olas...

París, siempre París... un viaje con toda la familia... Un pequeño hotelito, cerca de Montmartre, con unas escaleras tremendas, aunque mi abuelo por aquél entonces se encontraba en buena forma... Y nos sorprendió la niebla... La ciudad parece desierta, como una de aquellas venerables cortesanas que recurren a todo tipo de afeites y potingues para disimular el paso del tiempo... Seguimos caminando, todos juntos, mamá, papá, mi hermana, el abuelo, y yo... Descubriendo los puestos de los vendedores de libros a la orilla del Sena, y la impresionante silueta de la Tour Eiffel... Todavía me persigue el sabor de las crêpes con chocolate...

1989... Han pasado unos cuantos años desde el regreso de Bárcena Mayor, cuando me decido a emprender una marcha en solitario desde Cabezón de la Sal hasta el pequeño y maravilloso pueblo... El trayecto a Santander en tren es tan largo como yo recordaba... Solamente llevo una mochila de alta montaña, el saco, la esterilla, la cantimplora y varios libros de lectura, algo de ropa... y tres cosas fundamentales: un buen mapa del Ejército, una brújula, y una linterna... Y, como no puede ser de otra manera... me sorprende la niebla en medio de ninguna parte, al final de la etapa... y me refugio en la vieja ermita para dormir...

1994... Marcha de alta montaña con el Club Iberia, en el Pirineo Aragonés... La lluvia, el mal tiempo, nos impiden coronar la segunda cima, que dejaremos para otra expedición... Largo, larguísimo tramo, descendiendo por los canchales, acompañado por el sonido de las pequeñas piedras que se desprenden ladera abajo... el silencio se rompe de vez en cuando por la voz de otros montañeros... Por lo menos, hemos visto el Aneto, y subido otra impresionante cima... Termino la etapa conduciendo hasta Logroño, en medio de una tremenda niebla... que parece no tener fin...

Mañana del mes de agosto... Una densa niebla lo cubre todo: las tiendas de campaña, el acantilado, el cámping con todas sus instalaciones... Es tan densa, que incluso borra el sonido del mar... y no se escuchan los roncos lamentos de las olas sobre las piedras de la cala... Esquivas siluetas se mueven de manera furtiva... Sentado en la puerta de la tienda, acaricio al gato, pensando en el paso (y el peso) del tiempo...

Mañana de diciembre... cuando se esfuma el mundo... y renacen los recuerdos...

MUJER EN LA VENTANA...

Mujer de ojos de cielo, de ojos de mar... veo tu hermosa cara, reflejada en el cristal, y miras, no sé, quizás al más allá... Hacia la gran ciudad que extiende sus galas de vieja furcia pordiosera, a pleno sol... Tu pelo, imposible maraña de cobrizos colores imposible de domesticar, se ha decidido, ¡por fin! a encuadrar tu rostro, como una segunda piel, y refulge con los rayos del sol... Yo solamente quería mirarte, estar allí, a tu lado, mientras contemplabas el mundo, rendido, a tus pies...

Son tantas las cosas que se pueden sentir, partiendo de una simple foto, quizás un poco desenfocada... Y te veo, quizás incluso como harían los navi de "Avatar"... veo más dentro y más lejos, incluso, que nuestra realidad... Recuerdo no solamente lo que sentí, y de alguna manera, siento todavía por ti; sino que veo más allá, todas aquellas cosas que me habría gustado experimentar a tu lado... Siempre me ha gustado tu nariz, sabes, y tus labios, quizás un poquito finos, que nunca llegué a besar... y esa seguirá siendo, por siempre, una de mis asignaturas pendientes...

El sol te acaricia, con suavidad, y tu reflejo parece alzarse por encima del mundo, de los coches que circulan por la calle, tantos y tantos metros por debajo de ti... y me encantaría poder decir, "de nosotros"... Porque es posible que nunca antes te haya visto más hermosa, que en aquél reflejo...

Amistad, es cierto, aquél era tu límite, era todo lo que me podías dar... Y, sin embargo, yo siempre quise más... Estar más tiempo a tu lado, convertirme en la presencia amiga, mientras que notaba una fuerte corriente eléctrica, cada vez que nuestras manos se rozaban... Es sencillo enamorarse, en el fondo, se trata de ejercitar la voluntad... Y mucho más cuando el amor no deja de ser la mejor alternativa frente a la soledad... Por eso, cada vez que nos escapábamos al cine en vez de ir a clase de latín (aquella sesión privada de "Star Treck"...), o nos íbamos a comer a "La botella de Pepe", donde servían unas maravillosas "Crêpes" saladas (aunque yo prefería las dulces), el tiempo dejaba de funcionar...

El amor amistoso, divertida mezcla que no es ni carne ni pescado emocionalmente hablando, y que genera extraños compañeros de cama, igual que la política... De todas formas, era la solución perfecta... Dos solitarios, que necesitan un amigo, una persona en quien confiar, y juegan por lo tanto entre los límites de sentimientos fronterizos... Muchas veces, demasiadas, tenía que recordarme a mí mismo que eras mi amiga, de hecho, mi mejor amiga, a la vez que mi refugio frente a la adversidad, y sobre todo, frente a la soledad...

Te miraba, en silencio, la forma en que movías las manos mientras hablabas, para darle mayor énfasis a tus pensamientos... o cómo me estremecía cada vez que me tocabas, que me cogías la mano, o pasabas tu brazo sobre mis hombros... Escribo, sobre el pasado, mientras veo tu foto... y recuerdo... mil recuerdos falsos e imposibles... Sobre todo, porque mientras yo estuve perdidamente enamorado de ti durante muchos años... tu jamás lo estuviste de mí... Sentimientos, tremendos, fuertes, contenidos, una vez más, la noción de "control", de no rebasar los límites, pero que se quedaban sin ninguna respuesta por tu parte... Porque no se puede jugar con los temas del corazón...

Y por eso, esta noche, en el limbo entre dos días, y entre dos años, mientras miro tu fotografía reflejada en el cristal, me apetece, necesito más bien, explorar entre recuerdos... de lo que pudo haber sido... y nunca fue...

¿Cuándo te besé, por vez primera, en los labios? Posiblemente, una de tantas noches, en que te acompañé a tu piso, después de haber cenado, quizás incluso con un par de copas de Lambrusco, y quizás incluso con el regusto a ensalada de tomate y mozzarela para compartir, y una "pizza cuatro stagioni", además de un postre para cada uno... Y tus labios, en aquél beso, tendrían sobre todo el sabor del deseo largo tiempo alimentado... Y posiblemente, después de aquél beso, torpe y desmañado (puesto que un ósculo a los once años no tiene demasiado valor testimonial...), vendría otro, y otro más...

¿Cuándo te acaricié, como solo los amantes saben hacerlo? Quizás un par de noches después del beso... Recorrer tu hermosa carita con el dorso de la mano, acariciarte desde los ojos hasta el cuello, y notar la tersura de tu piel... y sobre todo, la total ausencia de maquillaje... Esa era una de las cosas que más me gustaban de ti... y me siguen gustando...

¿Cuándo te convencí para que nos diéramos una oportunidad en el amor? Es difícil precisarlo... En mi caso, ya estaba acostumbrado a adorarte, a respetarte, a soñar despierto contigo... Pero tú... bueno, me solías mirar, sonriendo un poquito, quizás pensando... "¿Y por qué no?" Habría sido cuestión de porcentajes: yo no te podía seguir amando al noventa por ciento, mientras que tú rellenabas, de amistad, el diez por ciento restante... Supongo, de todas formas, que para el bien de esta historia, finalmente me habrías dado una oportunidad...

De cuándo hicimos el amor por primera vez... prefiero no hablar, que de todas formas, son cosas de pareja... Aunque lo más posible es que hubiera sido en tu piso, al que te mudaste cuando comenzaste a estudiar la Universidad... Nunca me ha gustado tener prisas en ese sentido, ni verme sujeto a premuras de tiempo y espacio por el inminente regreso de los padres... Pero es cierto que me habría encantado pasar la noche contigo, y despertarme a tu lado...

¿Que si habríamos vivido juntos? Me habría encantado, aunque por aquél entonces, yo estaba con el doctorado, y por lo tanto, sin un duro... Posiblemente lo habría mandado a paseo, y habría empezado a trabajar de cualquier cosa (menos de político y de sexador de pollos), para poder seguir juntos... O quizás habría sido mucho mejor seguir como al principio, y pasar juntos las vacaciones y los fines de semana, por ejemplo...

¿Habríamos viajado mucho? Es posible, a los dos siempre nos gustó viajar, igual que nuestras familias...

Más y más futuribles, más ideas, se van amontonando lentamente en la punta de mis dedos, mientras escribo y pienso en una historia de amor... que nunca fue... Muchas dudas, demasiadas, sobre posibles alternativas vitales entre nosotros... quien sabe... Pero la única certeza en este momento, es que al mirar tu foto reflejada en la ventana, en la que me pareces más hermosa que nunca... Noto que se me viene encima el peso de mil encrucijadas vitales... y siento unos celos, tremendos, de la persona que está en tu habitación del hotel, haciéndote la foto.... Porque no soy yo...

domingo, 18 de septiembre de 2011

AQUELLOS RECUERDOS IMPOSIBLES...

Es curioso... Añoro cosas que no he vivido... y las caricias y los besos que nunca me regalaron... ¿Qué tendrá el invierno, las frías y ventosas tardes del mes de enero, que me hacen recordar imposibles? La dichosa tendencia a desear lo que no posees, que se convierte en una manía y, al final, te complica la vida...

Algunas personas son capaces de meterse, despacito, y casi sin que te des cuenta, en tu corazón... Y allí se quedan, con el paso del tiempo, y de las personas... incluso de los amores, transformadas en recuerdos de lo que pudo haber sido... y nunca fue... Una dulce amistad, de todas formas, que te devuelve las fuerzas...

Son amores imposibles, es cierto, pero recordarlos te hace sentir mejor, quizás incluso más vivo...Y te proporcionan un calor extraño, un rubor en las orejas, o bien el corazón se salta algunos latidos de golpe... Son cosas que pasan... y que dan más valor a la vida... y reviven la esperanza en los malos tiempos...

Quizás por eso, su imagen, sus increíbles ojos oscuros, y su sonrisa acuden a mi memoria, cuando pienso en el mar...

LOS TEMIBLES ISIS

No nos engañemos: a nadie le gustan las historias que no tienen un final, aunque éste no sea precisamente feliz... Y si se trata de un tema (senti)mental, mucho menos... Al menos,es lo que me pasa a mí... y por eso, cada cierto tiempo, escribo en modo casi automático algún cuento sobre aquellos amores pretéritos y, por supuesto, imposibles y en gran parte olvidados... Por eso, y aunque sea con la justa dosis de nostalgia y de masoquismo "light" que nace de los viejos recuerdos, intento imaginar otros presentes, y otros pasados, distintos...

En mi DNI, tendrían que poner: "Estado civil: enamorado del aire", y en profesión, "romántico empedernido", al menos, para esas mañanas de niebla, en las que el mundo desaparece, y los propios límites de la realidad se esfuman... y quizás, también un puñadito de convencionalismo, para sazonar la mezcla...

Muchos de estos amores, los más importantes y el único correspondido, están contenidos en una de las primeras entradas del blog, "Segundo y séptimo amor", una larguísima crónica que no deja de ser una de las más sinceras y personales... Si fuera un pelín más coherente con la permanencia de los sentimientos, tendría que titularse "Segundo, quinto y séptimo amor", puesto que estas tres mujeres, adolescentes cuando nos conocimos y cuyos nombres llevo grabados a fuego no solamente en el corazón, son las que más han influido en mi vida... y de hecho, me casé con la séptima... y las tres se conocen y se aprecian...

Por supuesto, han ido surgiendo otros amores, locuras de un solo momento, de una mirada o de un gesto, pero que consiguen acelerar el ritmo de mi corazón... o despertar uno de los temibles "Isis"... y no me refiero a la diosa egipcia, no... sino a esos instantes en los que te planteas cosas del estilo "¿Y si nos hubiéramos conocido antes? ¿Y si ella me hubiera amado?¿Y si hubiera seguido el consejo de mi suegra, cambiando de ciudad?¿Y si no hubiera perdido aquél tren hacia la costa?"

Normalmente, mi parte más racional de Géminis (sí, no me pegaba otro signo del zodiaco...) se encarga de mantener controlados los sentimientos, especialmente porque los futuribles hacen mucho daño, y te complican la vida en el presente... menos mal que mi mujer no es demasiado celosa (un beso, peque...), y nos conocemos hace demasiados años como para tomarnos en serio mis devaneos literarios... Pero mi parte más romántica sigue al acecho... y en mañanas de niebla o en noches de luna llena, me hace recordar otros tiempos, otras caras, otros nombres, otros sueños, otras manos, otros labios que nunca probé...

Y, de alguna manera, aquellas niñas, adolescentes o mujeres, que a los cuarenta años llevo demasiado tiempo enamorándome del aire, consiguen colarse por alguno de los resquicios de la conciencia... convirtiéndose en cálidos fantasmas de rasgos desdibujados y voces casi siempre olvidadas, que se quedan un tiempo (minutos, horas...) rondando en los límites de la realidad y de la conciencia... Hasta que consigo atraparlas en una telaraña de palabras o de versos... y transformarlas en una de las entradas de mi "blog"... donde permanecen, cautivas en el tiempo...

No te extrañes pues, querido lector, si muchas veces te encuentras con un nombre de mujer, o con un personaje femenino, o con mi amada y querida musa, nacida de mil y un recuerdos y compuesta de retazos de mujer... Será que uno de los temibles "Isis" se ha cruzado en mi camino...


ESQUIVA PRINCESA YASMIN...

Cuando me miras, de aquella manera tan especial, tan "tuya"... cuando me hundo de nuevo en tus increíbles ojos castaños... Noto aquél extraño regusto a pasado en la garganta... a ocasiones perdidas... a sueños incumplidos... y amores enterrados... Mi triste y amada Musa, de quien me he ocupado tan poco en las últimas semanas...

No, no tengas celos, pues ya sabes que no existe para mí sobre la tierra mujer que pueda compararse contigo... quizás porque existes solamente en mi imaginación... Era lo más lógico, para un romántico empedernido y con mi expediente de fracasos amorosos, terminar creando un ideal a base de mil retazos inconexos...

¿Cuántos años llevamos juntos, Princesa? ¿Cuántas veces he ido recogiendo pedacitos de ti en el mundo de los sueños? Creo que han sido décadas... Y quizás por ello, me llevé una impresión tan grande, cuando te ví en la contraportada de varias revistas, en las paradas del autobús 61, en las marquesinas del Cine Callao... Surgieron dos preguntas... ¿Cómo podía ser yo tan poco original en mis gustos, para encarnarlos una princesa de dibujos animados? ¿Y cómo habían podido copiar tan fielmente los dibujantes mis querencias?

No recuerdo cúantas veces he visto la película, calculo que cinco o seis, la primera de ellas en el cine... pero fue algo mágico, la primera vez que apareciste en la pantalla... Esa mirada, esa melena, y esos labios, con los que llevaba soñando tantos años... Sin embargo, no me gustó demasiado tu voz en español, ni siquiera en las canciones... Pero eso es algo fácil de solucionar, con un buen DVD... La fascinación, como siempre, desapareció en dos o tres semanas... era el año 1992...

Lo más curioso fue que, unos años más tarde, con ocasión de un curso de posgrado en la UCM, la conocí... Era ella, sin duda alguna, la princesa Yasmin, convertida en humana, con la melena un poco más corta, es cierto, y con la voz mucho más dulce, y los mismos ojos... y su risa... cristalina... La última vez que nos vimos fue el día de su boda... sigo pensando que es la novia más hermosa que he fotografiado nunca... sentada en los escalones del altar...

La vida da muchas vueltas, Princesa Yasmin... y, sin embargo, quitando el cambio en el color de los ojos, pues ahora son negros, sigues encarnando a mi querida y amada Musa...


Aunque mi personaje favorito de la película... sigue siendo la Alfombra Mágica... :)

domingo, 11 de septiembre de 2011

EL ÚLTIMO REGALO

París, 1 de octubre de 2010





Amor mío... Hoy, por fin, he caminado las calles de París... al final, me he decidido a vencer el pánico al avión, y he conseguido una de esas tarifas baratas de las que tanto me hablabas... No deja de resultar un poco irónico, aprovechar nuestro aniversario para conocer por fin aquella ciudad de la que hemos hablado mil veces, que hemos recorrido hasta la saciedad, pero siempre de forma virtual, y que ha inspirado a pintores, escultores, poetas, literatos...


Para mí, el simple hecho de ir sola a Barajas, a mis setentaitantos años, de orientarme entre ese caos de terminales, que si la T-4, la T-2, localizar el mostrador correcto, facturar el equipaje de mano, ya sabes, mi "maleta de fin de semana", ha sido toda una aventura... No, no porque no lo haya hecho antes... sino porque es la primera vez que lo hago sin tí... Para entretenerme durante la espera, dos libros: el último de Matilde Asensi, y tu vieja "Guide Bleue" de París, en la versión española, claro está... ¡Cuántas veces repasabamos juntos los itinerarios, los principales museos, los hoteles más céntricos (al final, me alojo en el Hôtel des Pauvres Artistes, muy cerquita de la Opera), los restaurantes más típicos... pero también los más interesantes! Cuántas ganas tenías de traerme a "la ciudad para una mejor ocasión", porque cada vez que pensabamos en ir, siempre surgía algo, un problema de última hora, y nos quedabamos en Madrid... Pero lo más divertido, o irónico, es que hemos viajado juntos, menos de lo que nos habría gustado, pero de todas formas, conocemos Moscú y Leningrado, Budapest, Roma, Florencia, Venecia, Lisboa, Brujas, incluso Jerusalén, el viaje de mis sueños, y Edimburgo...


¿Te cuento un secreto, amor mío? Siempre que volábamos juntos, era un placer extraño, porque el miedo se me quitaba cuando ponías tu mano sobre la mía, irradiando calor, y confianza, y esa hermosa amistad que nace en los viejos matrimonios... Me mirabas con tus oscuros ojitos de miope (nunca te acostumbraste a las lentillas), y me sonreías, y luego me decías, muy bajito, alguna estrofa de "Cielos azules", la última vez, en el viaje a Egipto, fueron estos versos: "Cuando estás enamorado, mi forma de volar... Azules cielos sonriendo sobre mí." Hoy, no tengo nadie que me susurre cachitos de esa canción... Y combato los nervios escuchando en el MP5 la canción original de Eva Cassidy, que escuchamos por primera vez en la película "Patch Adams"... y sin darme cuenta, le cojo la mano a la señorita que está sentada a mi derecha... Creo que me ve tan desamparada, tan triste, que simplemente me sonríe, y me deja hacer...
Desde el aire, París no vale gran cosa, es una ciudad gris, con nubes de polución, demasiado tráfico... y aterrizar en el aeropuerto Charles de Gaulle no mejora precisamente esa primera impresión negativa: está sucio, lleno de gente, de demasiada gente que no sabes bien lo que están haciendo allí, algunos de ellos con los carros a rebosar de maletas, otros con bolsas de plástico o de deporte, allí se mezclan los residentes con los transeúntes... Y en todo momento, ese maremagnum de gente, de voces, de olores... Todo es tan confuso, que el simple hecho de salir de la terminal y coger el autobús de la RAPT (Roissybus) que me lleva a l´Opéra representa un alivio importante... aunque lo que sigo viendo no es tan distinto de nuestra M30...



Eso sí, todo cambia cuando llegamos a la zona bonita de París, y recorremos aquellas avenidas largas, rectas, con unas farolas hermosas, con bancos, llenas de gente ocupada, es cierto, pero se vislumbran coqueteos entre las sombras, sonrisas... es la "Ciudad del Amor", la "Ciudad de la Luz", y eso se nota... La fachada de la Ópera, donde finalmente nos deposita el autobús, es sobrecogedora, esta tarde tengo una visita concertada, y con un poco de suerte, escucharemos un ensayo de "Lucía di Lamermoor", pero de momento, lo importante es llegar pronto al hotel, que está ubicado en el 37, boulevard Rochechouart, quitarme estos zapatos nuevos, y descansar un poco... El recepcionista es muy amable, y me indica las distintas ofertas turísticas (al final, contrato para esta noche el paseo en el Bateau Mouche), y me ayuda a subir mi equipaje (la maleta, y la muñeca tipo Pepona)... La habitación, no muy grande, pero sí luminosa, da a la calle, y en cuanto me quito los zapatos, me tumbo unos minutos en la cama... y me quedo dormida casi una hora...


Como tampoco tengo demasiada prisa, me cambio de zapatos, y me voy al Louvre, pues tengo una cita con una vieja amiga: la "Victoria de Samotracia", y con un cuadro enigmático, "La Virgen de las Rocas", que siempre nos llamó la atención, mucho antes que la novela de Dan Brown... Hay bastante gente en la entrada, pero la cola avanza rápido: la hora de comer siempre es la gran aliada de los turistas... Me quedo un par de horas paseando por el museo, la pirámide de cristal es impresionante, pero lo son más todavía los milenios de historia que se acumulan por todas partes... Tras un pequeño paseo por el Egipto faraónico, y una visita fugaz a la Gioconda, abandono el Museo, y casi me parece oír tu voz, regañándome por no haber visto tal o cual cosa...


Es una cálida tarde de otoño, me como un "croque-monsieur" a tu salud, con un par de botellas de agua, y lo completo todo, sentada en un banco, y saboreando una crèpe recién hecha, me decido a cruzar el Sena (esto si que es un río, y no el Manzanares), para dedicarle unas horas al Musée du Quai D´Orsay... Sí, en tres días da poco tiempo, pero al menos hay que acercarse a estos dos museos, y disfrutar con ellos, tal y como siempre planeamos hacer... Después, el Palacio de la Ópera no me decepciona, y nos dejan asistir al acto tercero.... Y me dan ganas de llorar, pues recuerdo lo que te gustaba el aria final... Y como los franceses cenan pronto, me refugio en un pequeño restaurante, a degustar la típica sopa de cebolla, con mucho queso fundido... Durante el paseo vespertino en el Bateau Mouche, veo desde lejos algunos de mis objetivos: Notre Dame de Paris, la Tour Eiffel... hace mucho frío, y abrazo la muñeca, como si me fuera a dar algo de calor, al no estar tú... Regreso al hotel, y noto que todo mi cuerpo necesita un descanso, un buen baño, y una noche de sueño reparador...
París, 2 de octubre de 2010
Amor mío... por segundo y último día, he recorrido las calles de la Ciudad de la Luz... sin tí... Para hacerme una idea general, he contratado una excursión para turistas españoles, gracias, una vez más, a las gestiones del recepcionista del hotel.. Por lo visto, es uno de los nietos de la Guerra Civil, y aunque nunca ha viajado a España, Pascal habla perfectamente nuestro idioma... La visita ha sido muy interesante, y aunque muy comprimido, hemos visto Les Invalides, el Panteón, un pedacito de Versalles, los famosos "Nimphéas", y nos han dejado tiempo libre para visitar el Centro Pompidou, aunque he preferido quedarme fuera, tomando un chocolate caliente, y disfrutando con la gente, y la vida, de esta gran ciudad...
A la hora de comer, ya había terminado el paseo, y aunque me quedaban mil cosas por ver, tal vez en otro viaje, he metido la muñeca en el bolso, para emprender la última etapa de mi peregrinaje: la catedral de Notre Damme, y la Tour Eiffel... Esta vez no he tenido suerte, y la Catedral estaba completamente llena, pues habían inaugurado una exposición de arte religioso, muy interesante, por cierto, y no tuve más remedio que hacer la cola para subir a la Torre... La escalera, muy empinada, no era lo mejor para mis piernas, pero logré subir hasta lo más alto, por tí, por aquella promesa que te hice hace pocos meses...
Tantos años juntos, hablando del viaje, de lo hermoso que sería descubrir juntos París... Pero un cáncer de páncreas te exterminó en muy poco tiempo... y con un hilo de voz, me pediste que esparciera tus cenizas en París, para que al menos pudieramos compartir aquél recuerdo... Y así lo estoy haciendo, amor mío... Camufladas en una muñeca Pepona como las de nuestra nieta, has superado todos los controles en los aeropuertos, pues no tengo muy clara la legislación sobre el traslado de cenizas entre dos paises... Y en todos aquellos sitios que te habrían gustado, en un alcorque de un arbol en el Louvre, en la entrada del Quai d´Orsay, en las aguas del Sena desde un Bateau Mouche, en los jardines de Versalles, ahora mismo desde la Catedral, y dentro de una hora y media, desde lo alto de la Tour Eiffel, terminaré de aventar tus cenizas, de compartir tus recuerdos con la ciudad que tanto amabas...
Y esta noche, cuando todo haya terminado, cuando no me quede de tí más que los recuerdos de tantos años de convivencia, de felicidad a veces, de amargura otras, de tantos sueños cumplidos y tantos otros que jamás lograremos... esta noche, tras una cena solitaria en cualquier bistrot de Montmartre, daré un último paseo para despedirme de la Ciudad de la Luz, volveré al hotel, y cuando esté sola, de nuevo en la habitación... Romperé el dique de las lágrimas... y lloraré por tí, que te has ido, y por mí, que me he quedado sola... y por todos los sueños que hemos cumplido... y por todas las oportunidades que hemos aprovechado para amarnos... y por cada amanecer que hemos sorprendido al sol caminando por la playa... por cada paseo por el Retiro y por el parque del Capricho... por las colas en el Auditorio Nacional los domingos por la mañana... y por las Exposiciones que hemos compartido juntos...
Y cuando haya vaciado mi corazón y mi alma de lágrimas, cuando no quede en mí ningún ápice de tristeza, entonces, tendré que pararme a reflexionar sobre tu último regalo, amor mío: los billetes de avión, la reserva del hotel, que tú encargaste antes de morir, y que un mensajero me trajo hace varios días... Ese fue tu último regalo... una ciudad entera, para recordarte... Ya solo me falta encontrar alguien, posiblemente nuestra hija, para que me haga a mí el mismo favor... y compartir entonces París, para siempre...

TU HERMOSA SONRISA

Sueño con verte de nuevo, con decirte "¡Buenos días, princesita!", y sentir una vez más la secreta sinfonía de las palabras que jamás te he dicho, ni te diré.. tal vez proque no son necesarias... o por el peso de los convencionalismos...

Me acuerdo perfectamente de nuestro último encuentro, hace tantísimo tiempo, que yo era todavía joven, y tú... bueno, tú eras mucho más joven, apenas una adolescente... Tu sonrisa me persigue desde hace tanto tiempo, que busco su reflejo en mil espejos rotos, y que no puedo soportar haberla perdido, sin que jamás haya sido completamente mía... Y tus ojos, inmensos, soñadores, inauditos... increíbles... indescifrables... cuando me seguían durante la clase... Siempre me gustó la forma en que sonreías cuando eras feliz... Que parecía que el mismo cielo te respondía...

Seis meses juntos, tal vez unos días más, y a veces me parecía que era justamente tu sonrisa y tu mirada la que me daba fuerzas para enfrentarme a los demás días, de un profesor interino que sigue buscando su lugar. Eras francamente brillante en los estudios, en todas las materias, y yo me sentía orgulloso... Recuerdo también el viaje a París, con veinte alumnos y cuatro profesores del Instituto, el larguísimo trayecto en tren, toda una noche... Fueron unos días hermosos, quizás porque a todos nos cautivó el ambiente de aquella ciudad increíble, ver un poquito del Louvre, pasear en Bateau Mouche, y sumergirnos en un idioma distinto... Creo que el viaje fue un éxito, y todos, profesores y alumnos, lo pasamos muy bien...

Un par de meses después, llegó el final del curso, y al mismo tiempo, la despedida... Recuerdo que nos hicimos las últimas fotos, al terminar la clase, con todos los alumnos de 4º D, mi clase favorita... Y que me regalasteis, entre todos, un ejemplar con la versión bilingüe de "El Principito", firmado por toda la clase... Yo te regalé también un libro, "Les vacances du petit Nicolas" (las vacaciones del pequeño Nicolás), y te di mi tarjeta de visita, por si en algún momento me podías necesitar...

Hace un par de días, sonó el teléfono, y escuché tu voz... Siete años después, todavía te acordabas de mí, y no solo eso, sino que habías conservado mi tarjeta... Cuando me dijiste, con tu hermosa voz, "Bonjour, prof..." (Hola, profe...), con tu acento parisino, algo extraño me pasó, casi como viajar atrás en el tiempo.. Y cuando me propusiste que nos vieramos de nuevo, para tomar un chocolate a la taza bien calentito en el Café Comercial el día siguiente a las siete de la tarde... bueno, casi no podía creerlo...

Cuando entré, diez minutos antes, me puse a buscar una mesa que me permitiera ver a todas las personas que entrasen en el Café Comercial, porque tenía miedo de no poder reconocerte... Mi única referencia era una vieja foto de carnet, pegada en tu ficha, y las imágenes del viaje a París... Y los adolescentes cambian tanto... Pero cuando he visto a aquella hermosa chica morena, con vaqueros, sandalias y un top, me quedé deslumbrado... Y cuando me viste, y te dirigiste hacia mí, ofreciéndome la mejor de tus sonrisas, no me quedó ninguna duda: eras tú... Lucía... Me diste dos besos en las mejillas... y me dijiste "Ça va, prof?", con tu encantador acento parisino... y me miraste con tus imnensos ojos castaños... y me sonreiste...
Y entonces, durante unos segundos, pensé que todo era posible... Incluso a pesar de que no pudiera hacer otra cosa que mirarte... y sonreirte... ¿Cómo podría explicarte mis sentimientos hacia tí, hasta qué punto me hacías sentir más mayor y responsable cada vez que me sonreías en clase? ¿Cómo hacerte entender que yo, en aquellos minutos, me sentía como Pigmalión, al comprobar en la hermosa mujer en que te habías convertido? Si ni siquiera yo podía entenderlo demasiado bien...
Y ahora, cuando de veo nuevamente, me siento tan viejo: tú, con poco más de veinte años, y yo, casi con cuarenta... hablando tranquilamente en francés... cada uno con su taza de chocolate bien caliente... Hasta que, de repente, me dices aquellas palabras que inconscientemente estaba deseando escuchar de tus labios...

sábado, 10 de septiembre de 2011

TOCANDO EL CIELO

Domingo por la tarde, en Madrid... entre lluvias y claros, pasan las horas, y se acercan los viejos ritos... Y aparecen algunos recuerdos... Y demasiados sueños...

Pasear por el parque desierto, con el suelo oliendo a lluvia, y la humedad elevándose, perezosa, entre los arbustos, y que forma suavemente una especie de niebla... El sonido de mis botas en la tierra empapada, y la impresión de estar estrenando el atardecer... O de asistir al final del día, en butaca de patio, y como único destinatario de la sinfonía de olores, colores, las caricias del viento entre los árboles, de algunos recuerdos muy dispersos, incluso dos o tres buenos... Cuando eres niño, algunas cosas parecen más sencillas, más factibles... Como tocar el cielo...

Al ver los columpios, con el inmenso charco de agua que inevitablemente recubre las rodadas de los pies de los niños, viajo al pasado, y recuerdo el frescor del aire, la sensación de ligereza, casi de abandonar el cuerpo, el sonido de las cadenas, las visiones del cielo azul del verano, lanzarte con los pies por delante hacia las nubes, siempre más alto, siempre más lejos, que si te das impulso con un poquito más de fuerza, lograrás volar como los pájaros... Y durante aquellos breves instantes, tanto en el recuerdo como en el presente, porque al final no he podido resistirme a subir en el columpio (como solamente los adultos saben hacerlo, con esa mezcla de placer prohibido y de miedo al ridículo y de pánico a caerte al suelo)...

Noto que estoy tocando el cielo...

viernes, 9 de septiembre de 2011

AQUELLA GATITA HERMOSA... Y EL VAMPIRO...

A veces, los momentos màs divertidos de una fiesta de disfraces son los que se tiñen con el humor más surrealista... o con las mayores ganas de aprovechar el tiempo... "Carpe Diem"... Los famosos "días de la carpa" de los romanos de una época tan remota que hasta el Coliseo estaba completo, incluyendo la techumbre de lona para mitigar el calor del sol... Nunca entendí la obsesión de los latinos con este pez, la carpa: está mucho más rico el salmón...

Esta historia se remonta como poco a la época de los Césares... Tiempos remotos, de la Universidad, en los que todo parecía más sencillo, el futuro era más brillante, y por supuesto, el corazón estaba más libre, y más alocado... Bueno, ahora sigue estando bastante loco, mi corazón, pero se conforma con mi mujer y con mi musa (que no son la misma persona... mi musa ni siquiera existe en el plano real...). No tenía muchas ganas de ir a la fiesta de disfraces que organizaba mi amiga, pues nunca he llevado muy bien el hacer el ridículo, y para mí, disfrazarse es un sinónimo de ridiculizarse... Lo que más castigo me daba era el tener que estar toda la noche acarreando o pendiente de la ropa de recambio... En formato anuncio, sería así: "dientes postizos de vampiro, 100 pesetas; sombra negra para ojeras, 100 pesetas; caber en el esmókin de tu padre y convertirlo en disfraz de vampiro, para estar toda la noche mordiendo cuellos femeninos, no tiene precio..."

Y allí estaba yo, en la fiesta de mi compañera, sin conocer a casi nadie, pero con relativas ganas de pasármelo bien, puesto que mi timidez siempre asomaba por allí, como si fuera la mujer de rojo de un anuncio de compresas... Era una fiesta muy divertida, con un hermoso buffet de abundante comida, varios ambientes, y mucha y buena música... Por aquél entonces, disfrutaba preparándo cócteles, sobre todo "Malibú con piña colada", "tequila sunrise", "vodka pasión", y algún que otro invento como "muerte blanca"... Nunca me ha gustado beber, por eso mi límite estaba en dos copas, y el resto de la noche, con zumos... Pero allí estaba yo, un vampiro mordisqueando cuellos femeninos, preparando cócteles, vamos, lo de siempre...

Entonces la ví a ella, sentada, con su hociquito pintado, su body negro, sus collares y las botas de tacón... No había ningún chico con ella, lo que no dejó de sorprenderme, pues yo la encontraba muy atractiva... Abandoné la barra unos minutos, para llevarle un "tequila sunrise" muy suave, algo que sabía al haberla observado antes... Su voz era muy dulce, con un toque de angostura... "¿Es para mí?¿Cómo sabías lo que deseaba tomar?" En vez de responder, indiqué con un leve gesto su vaso... que por cierto, yo mismo había preparado hace media hora... Por supuesto, era distinto, el estar dentro o fuera de la barra, pierdes la ventaja que otorgan las luces indirectas y el manejo de la coctelera... pero tienes que hacer frente al problema de cómo darle conversación a fascinante gatita...

Tuve suerte... ella también estudiaba Periodismo en el CEU, dos cursos por debajo del mío, y me la había cruzado unas cuantas veces en las escaleras del centro, pero nunca había encontrado la ocasión para hablar con ella... esa dichosa manía de llegar un pelín tarde a todas partes... Aquella noche fue bastante extraña, no exactamente mágica, pero poco le faltó... La pasé casi entera, hablando con Claudia, hasta la madrugada... Hablando "del piú e del meno", es decir, de todo y de nada... De libros, sobre todo... y de viajes... Ella también era una viajera empedernida, tanto dentro como fuera de Europa, y sentíamos la misma fascinación por la cultura maya, los olmecas... Era un poco como hablar con alguien que te complementaba, las mismas pasiones, las mismas inquietudes... algo, en todo caso, extraño e interesante, para un solitario empedernido como yo...

¿Acaso fue el disfraz de vampiro lo que me ayudó, aquella noche, a deshinibirme?¿Conseguí motivar un poquito más a Claudia, con los "Tequila Sunrise" suavecitos?¿Tal vez ella se limitó a aprovechar la ocasión, para hablar conmigo en medio de la relativa intimidad que otorga un baile de disfraces y encontrarte en medio de personas moderadamente desconocidas? Pasé media noche detrás de la barra, hablando con ella, con mi gatita loca... quien al final también se animó a preparar algunas copas, cada vez con menos alcohol, para el grupito de incombustibles bebedores que llegó con vida a las cinco de la madrugada... También estuvimos bailando, menuda pareja, solo nos interesaban los lentos, quizás porque ninguno sabía bailar: para mis dos pies izquierdos, bastante tenía con aplicarle a cualquier baile el compás "un, dos, tres" del vals... A veces, incluso contaba en voz baja... No pudimos evitar una carcajada, cuando sorprendí a Claudia contando al mismo tiempo que yo...

Serían las seis de la mañana de un espléndido sábado de primeros de junio en Madrid cuando, habiendo ayudado a Nerea y a su novio a recoger un poco la terraza de su piso, nos bajamos los cuatro a dar un paseo por la ciudad, cuyas calles bostezaban, agotadas por una noche tan larga... El objetivo de nuestra expedición de castigo no podía ser otro que una chocolatería cercana, donde atendieron a un vampiro, una gatita (muy) sexy, una dominatrix (con taconazos de cuero y corpiño negro... es Sebastián, el novio de Nerea) y una geisha (Nerea)... A las ocho de la mañana, nos despedimos con un beso en la Plaza de Colón... con la promesa de vernos en la facultad... Volví a casa, me encontré con mi madre en la cocina, dos besos, y me fui a la cama...

Me despierto sobresaltado, son las nueve de la noche de un viernes del mes de junio... Sobre la silla tengo el esmokin de mi padre, dos pequeños tubos de maquillaje, y una capa de atrezzo... ¿He soñado aquella noche?¿Será lo que me va a pasar? No paro de recordar esta colección de falsos recuerdos, de sentimientos, experiencias tan hermosas como bailar con Claudia, los cócteles... el beso de despedida... Al llegar a la casa de Nerea, y verla vestida de geisha, experimento un déja vu... me cuesta aguantar la carcajada al cruzarme en el pasillo con Sebastián, con su traje de dominatrix y el corpiño (¿qué se habrá puesto como relleno?)...

Empieza la fiesta... Levanto la mirada, y allí está ella, Claudia... mi hermosa gatita presumida... Me mira... se acerca... le preparo un cóctel suavecito... Nuestras miradas se rozan... decido retomar la conversación donde la dejamos en el sueño: la hermosura de una tormenta tropical en la jungla mexicana... la impresión que provoca la tumba del astronauta... la humedad en las entrañas de la Gran Pirámide... la magia de un atardecer en París... Se pasa conmigo detrás de la barra... Me besa a las tres de la madrugada... y todo cambia...


EL SABOR DE LAS NUBES DE FRESA

Dulce noche, hazme soñar... con ella. Necesito recordar aquellos tiempos en los que todo era más sencillo, más puro, la emoción de robar un beso, en la mejilla, la dulzura de su voz de niña buena... y el brillo de sus ojos cuando me miraba... Su melena, castaña muy clarita, que bajaba en suaves ondas hasta la mitad de su espalda, y su piel, tan blanca en pleno invierno, que parecía increíble aquella mutación a partir del mes de junio... Sus ojos, de un verde azulado iridiscente, hacían que mi mundo se estrechase tanto, que solo me fijaba en ella... tal vez por eso me tropezaba con el alcorque de los árboles con cierta frecuencia, o con alguna de las sillas de la clase o del comedor...

Sí, fue un extraño amor, hecho de presencias, diminutos roces, y muchas horas de silencio compartido... que tal vez fueran minutos... o siglos... Se trataba quizás de aquél momento fronterizo de la infancia, en el cual no tienes muy clara la diferencia entre los sexos, y de todas formas, no conoces ni siquiera el significado de aquella palabra... que empieza por "A"... Cinco años, tal vez seis, en todo caso, menos de siete... Los niños juegan en un lado del patio, las niñas en el otro; los unos, haciendo pequeños canales para impulsar barcos improvisados y jugando a las canicas o a las chapas; ellas, con las misteriosas actividades de las niñas pequeñas, alguna que otra muñeca, y sobre todo, saltar a la comba o con la goma. La goma, misterioso instrumento de tortura, con el que les gustaba mucho desconcertarnos a los chicos, o poniéndonos en ridículo, ofreciéndonos participar a la hora del recreo grande...

Fascinación... No se me ocurre otra manera de explicar, ni con el paso del tiempo, el efecto que tenía en mí la pequeña Laura... ¡Y que no se te ocurriera llamarla Laurita, pues tenía un derechazo temible! Necesité varias semanas, hasta mediados de octubre, para acercarme a ella, mi habitual timidez no era el mejor acicate... La observaba, desde el otro lado del patio, durante el recreo: aunque nunca se me dieron bien las chapas, aquellas semanas marcaron el final de mi "carrera" como jugador profesional... Las niñas, aquél gran misterio que, de todas formas, me llamaba poderosamente la atención... supongo que igual que a los demás compañeros de clase... La única diferencia era que yo me atrevía a sostener su mirada, a soportar el calor de sus ojos, en la distancia... Por desgracia, tenía que moverme rápido, pues otro niño apareció en el horizonte, un tal Pablito, que además iba a su misma clase... y era más alto y más fuerte que yo...

Solo estábamos juntos en el patio, en el comedor, en la biblioteca, y durante las clases de natación, cuando compartíamos vestuario todos los pequeños... La piscina ni siquiera estaba en el mismo edificio, y nuestro colegio había alquilado varias mañanas por semana las instalaciones a otro, y para rentabilizar el coste, solíamos compartir incluso el vestuario... Se suponía que los niños pequeños no se fijaban en las diferencias entre los sexos, y por eso nos ubicaron en un ancho pasadizo, con bancos a los dos lados, y dejaban a la mamá naturaleza que se encargase de distribuirnos, bajo la atenta mirada de los monitores... Lo más habitual era que las madres nos pusieran el bañador en casa, y que después de las clases, nos duchásemos y nos pusiéramos nuestra ropa interior seca, que llevábamos en las mochilas... en una alegre conviencia de niños semi-desnudos, haciendo la cabra loca, y persiguiéndose a toallazos por los bancos... No lo sé, quizás fuera por la forma en que el pelo, empapado, le caía por la espalda, o por el brillo de su piel mojada bajo las luces de neón, la condensación... Aquella mañana del mes de octubre, decidí que hablaría con ella... aunque no tenía demasiado claros ni mis sentimientos, ni cómo conseguirlo...

Yo no tenía nada de un paladín de cuento de hadas, ni tampoco destacaba por mi fortaleza o mi aspecto: era un chico del montón, de pelo oscuro, delgadito, y bastante tímido por añadidura... eso sin contar las gafas... Mi rival, Pablito, me sacaba media cabeza, y tenía el físico de un descargador de barcos y posiblemente la misma inteligencia... Mis únicas ventajas era mi gran imaginación, mi afición a la lectura, y la capacidad de escuchar... Tal vez no fuera mucho, pero era todo lo que podía ofrecer... y funcionó...

Lo planeé como si fuera una de las aventuras de "Los Cinco": observando con detalle su entorno, fijándome en los colores de ropa que le gustaban, tomando nota del tipo de chuches que le hacían brillar los ojos (las nubes de fresa) y procuraba incluso enterarme de algunas de sus conversaciones, aprovechando mi excelente oído (que tanto me hacía sufrir en las ocasiones sociales)... Empecé a acercarme, lentamente, a su grupo de amigas, mirando sus curiosos rituales de juego, incluso hice prácticas varios días en mi casa con la goma de saltar de mi hermana, sujetándola con varias sillas... y hostiándome como no podía ser de otra manera... Y una mañana de martes, aprovechando que estábamos compartiendo el vestuario las dos clases y que los profesores relajaban un poco la disciplina durante el trayecto (teníamos que recorrer varias calles), me puse a su lado y, tras llamarle la atención tocando levemente su mano derecha, pronuncié el discurso más importante de toda mi vida: "Hola... He visto que te gustan las nubes... ¿Las compartimos hasta el cole?", al mismo tiempo que le enseñaba la bolsa, que había escondido detrás de la espalda...

Mi dulce Laura... Fueron unos meses mágicos, únicos, irrepetibles... Seguíamos separados durante las clases, es cierto... Pero los recreos nos pertenecían, aunque tuviéramos que mantener las apariencias de cara a nuestros amigos, siempre había algún momento para un leve roce, compartir una bolsita de chuches (por supuesto, yo invitaba... gracias a la participación de mi abuelo...), bajar juntos la escalera desde la primera planta, y los ratos de esparcimiento en el agua cálida de la piscina... Mejoré bastante gracias a ella: me hacía nadar para alcanzarla... Por supuesto, en primavera "lo nuestro" era ya un secreto a voces, y quitando una pelea con Pablito, que se saldó con un ojo morado (el mío) y el típico coro de risitas de las niñas, creo que fuimos bastante felices: incluso nos llevaron mis padres al cine (una de Disney, "Un candidato muy peludo", se me quedó grabada la fórmula: "in canis corpore transmuto"), y pasamos unos días en una granja escuela, con ambas clases (Pablito no apareció)... El contraste con nuestra vida de urbanitas no podía ser más grande, los inmensos campos verdes con valla de alambre de espino, el crepitar de la chimenea por la noche, las voces de los monitores al contar viejas leyendas, como "El arroyo del retorno", el inevitable sonido de las guitarras, y los grillos y las cigarras, que cantaban, estoy seguro, nuestra historia de dulce, tibio e inocente amor... Incluso me invitó a su casa un par de tardes, que pasamos remoloneando en la piscina, bajo la atenta y divertida mirada de su madre, quien se reía al vernos tan juntos, tumbados en el suelo, y leyendo uno de mis libros sobre la toalla, todavía recuerdo el título: "Los cinco y el páramo misterioso", de Enid Blyton... Por supuesto, no tuvimos tiempo suficiente para acabarlo, y se lo presté hasta el mes de septiembre... El sol, el agua fresca, pero sobre todo, el estar con ella, disponer de toda su atención, de todo su cariño, hacer el ganso (nunca mejor dicho) en la piscina, fue la primera vez que la vi con bikini, y su ombliguito me volvía loco...

Se aproximaba el final del curso, Laura y yo pensábamos con ilusión en el verano, el tiempo libre, los amigos, la playa... es cierto, cada uno por separado... pero nos bastaba con estar juntos en el pensamiento, mirar el cielo, hacia la Estrella Polar, y la distancia dejaba de ser importante... Al despedirnos, una soleada tarde de junio, me besó... Sus labios, con esencia de nubes de fresa y tan dulces como el azúcar, se posaron sobre los míos... Yo la abracé, con un poco de torpeza tal vez, y volví a besarla, con uno de aquellos besos de película (versión niños), incluyendo un leve atisbo de lenguas que se encuentran, y un pelín de saliva... Nada ni nadie parecía existir, más allá del espacio comprendido entre mis brazos, y el mundo entero no tenía importancia...

Cuando nos separamos, con su maravillosa melena refulgiendo al sol, su vestido de verano de algodón de color crema con algunas flores de color azul, su piel ligeramente tostada... Nos despedimos... No hubo ningún presentimiento, ni corrientes de aire frío que me envolvieran cuando la vi marchar, de la mano de su madre... Yo me fui de vacaciones con mi familia... y en aquellas noches de julio y agosto, cuando sentía la nostalgia de mi dulce Laura, miraba la Estrella Polar, y pensaba en ella... Según se acercaba el mes de septiembre, mi ilusión aumentaba por momentos: dentro de pocos días, volvería a verla, y le daría una bolsa llena de nubes, que compraría la víspera del gran momento, para compartirlas con ella...

Lunes 12 de septiembre de 1977: solemne apertura del curso escolar... Todos los niños, con sus padres, en perfecto orden de revista en el patio del colegio... Todos con mochilas nuevas, libros aún más nuevos, y todo el equipo indispensable: peonzas de madera, las omnipresentes gomas para saltar, las combas, algún "frisbee", escuadrones de nuevas y relucientes chapas con los colores de equipos de fútbol, incontables canicas de cristal con misteriosos torbellinos de colores, los peligrosísimos y cotizadísimos "boloncios de acero" (en verdad, rodamientos de los coches), auténticos asesinos de canicas... Casi todos estaban contentos de volver, menos los más pecueños, a cuya categoría por supuesto no pertenecíamos, porque con 7 años, eramos unos profesionales... Pasaron los minutos, mientras la directora pronunciaba un pequeño discurso inaugural, y las profesoras y profesores iban recorriendo las filas, con paso mesurado... A las nueve en punto, llegó el momento de entrar en el edificio, para comenzar una nueva aventura... Mi madre me observaba, apretando suavemente mi mano... "¿Estás bien?", me preguntó, algo inquieta... ¿Y qué le iba a decir yo... cuando Laura no había venido, aquél primer día de clase?¿Que estaba preocupado por ella?¿Que tenía un mal presentimiento?¿Que necesitaba volver a verla?¿Que mi corazón latía, desbocado, por ella?

Laura no volvió al colegio, ni aquél día, ni ningún otro... Se esfumó... Mi madre preguntó a la directora, unos días más tarde, "porque no hay otra forma de que te quedes tranquilo, ¿verdad?"... La esperé delante de la puerta del despacho... Me dijeron que habían trasladado a su padre a otra ciudad de Europa, él era ingeniero de obras públicas, y su empresa, una multinacional, necesitaba sus servicios en otro lugar... Y por supuesto, se había llevado a su familia, incluyendo a "Chester", su gato rubio...

Nunca comprendí que se fuera sin despedirse... que me dejase tan solo, con tantos recuerdos, y tantos sueños... Jamás terminé "Los cinco y el páramo misterioso", aunque mi padre se ofreció a comprármelo de nuevo... Me sentía traicionado, triste, y tan solo, sin ella... Le mandé una carta a su antigua casa, me la devolvieron un par de semanas después, con el membrete de "Se ausentó sin dejar señas"...

Y tardé muchos años en volver a comer nubes de fresa, sin notar el sabor de las lágrimas en mi garganta...

Todavía lo siento...


NOTA: ESTA ENTRADA FORMA PARTE DE LA NOVELA ROMÁNTICA: "LAS SOMBRAS DEL SUEÑO. (1) HACIA LAS LUCES DEL ALMA"...

DISLOCACIONES

Algunos días, el mundo no tiene mucho sentido... te arrancas de la cama, pero no estás despierto, y en medio de la nada, buscas un sentido a las cosas... no lo encuentras... quizás, porque en el fondo no lo tiene... Alienación... o bilocación... no me importa, pues una parte de mí sigue allí, en la ventana, mirando el jardín, que las primeras luces del día arrancan del Reino de las Sombras, un momento congelado en el tiempo... Un mundo extraño, con zarcillos de niebla, movimientos furtivos, del que solo me separa el cristal... al menos, a esa parte de mi ser que se ha quedado anclada en el tiempo, mirando por la ventana, hacia un amanecer bien distinto...

Distinto, porque no recuerdo ya si fue real... o lo soñé... y por delante de mi cara, siguen desfilando los espectros, con su gélido manto... aunque no son personas... son oportunidades... Me intriga una cosa: que la persiana esté abierta, mi mujer jamás lo habría consentido... Pero me basta con apartar la cortina...

Jamás pensé que fuera tan duro el recuerdo, quizás porque ninguno de ellos refleja mis mejores momentos... son aquellos puntos en los que gestos muy sencillos, cotidianos, habrían bastado para cambiarlo todo, al menos, lo importante... La primera vez que no devolví un golpe... Cuando fingí un accidente para justificar la rotura de las gafas... Aquél beso, que no robé... Las palabras, de amor, que no susurré en su oído... Y sobre todo, tantas veces que no me atreví a sentir, porque no me consideraba lo bastante bueno, para ella...

Y, mientras una parte de mi ser permanece en la habitación, que incluso sabiendo que es la mía, reconozco en parte como ajena, la otra se encuentra en el único lugar de la Tierra donde dejo que me invada la paz... También me envuelve la niebla, el sol ni siquiera se ha extirpado de su cuna de nubes, pero me envuelve una extraña claridad... Hace un rato (¿mucho?¿poco?¿desde siempre?), me senté sobre aquella roca, con las rodillas recogidas contra el pecho, el pantalón pirata de camuflaje urbano, la camiseta de "Iron Maiden" y el forro polar negro... Con la mirada perdida en el océano, escuchando la eterna sinfonía del agua sobre las rocas de la cala, pongo la mente en blanco (de todas formas, es un viejo truco que aprendí en el trabajo, cuando mi Universo, durante doce horas, se reducía a un espacio de dos metros por dos, que no debía atravesar ninguna "persona no autorizada")... Quizás esperaba el amanecer... o necesitaba estar solo...

Cada mañana, al coger el coche para venir a trabajar, me apetece seguir ruta, hasta aquella cala perdida en Asturias, aunque fuera solamente para escuchar el mar... Otras muchas veces, con la guantera llena de música para un largo viaje hacia el pasado y fondos suficientes para el combustible, y en cuanto al lugar donde dormir, no me preocupa; muchas veces, decía, quisiera viajar al Sur, "Por el placer de volver a verla", y buscar en sus ojos la sombra de un esquivo recuerdo... Sí, es cierto, podría coger el AVE, o un avión, pero entonces no sería lo mismo... La carretera (con el GPS, por supuesto), mi música, y yo... y toneladas de recuerdos que jamás vivimos...

Dislocaciones en el espacio y el tiempo... hijas de una noche en vela... y demasiados sentimientos... aplastados, reventados, destrozados, por aquella vieja furcia emplumada que llamamos "realidad"... La certeza de haber tomado demasiadas encrucijadas por el peor de los caminos posibles, y de estar convertido en estatua de sal... Con un pasado que, salvo breves y fugaces destellos borraría por completo (en buena parte, ya lo hice), un presente asfixiante (pero que intento cambiar), y un futuro al que no doy mayor importancia...

Y es entonces cuando atravieso la ventana y las rejas del dormitorio, sin mirar atrás... Es el mismo instante en que me levanto de la roca, y camino hacia el mar, por la cala de piedras y grava... También alzo suavemente su barbilla, y la beso, mientras me hundo en sus ojos marrones... Y salgo del túnel lleno de niebla, devorando los kilómetros, hacia el único lugar del mundo donde podré ser feliz: a su lado... en cuanto salga de esta trampa...

LAS VOCES DEL OLVIDO

El miedo al olvido... muchas veces creo que es justamente ese miedo lo que me impulsa a escribir... a seguir escribiendo... cuando las fronteras del tiempo se dilatan, y solo te quedan los recuerdos... y son esos recuerdos, convertidos en minúsculos gnomos de jardín, los que se suben a tu cama por la noche...

¿No te has dado cuenta de que la colcha, incluso la sábana, que durante la siesta carecía de peso, de repente se vuelve mucho más pesada? ¿No has sentido sobre tu cuerpo como si escalasen cientos de pequeños seres? ¿Y no es curioso que precisamente en aquellos momentos, siempre seas incapaz de abrir los ojos, como si se hubieran quedado pegados por las legañas? ¿Y no has tenido la impresión de escuchar el bisbiseo de unas pequeñas, diminutas voces, en tus oídos, pero con tanta velocidad que no puedes distinguirlas unas de otras (tranquilo, que tu cerebro las distingue perfectamente)? ¿Y no te ha extrañado el que, cuando te parece que no puedes aguantar más, que te vas a levantar, y vas a quitarte de encima aquél peso... todo desaparece?

Son las voces del olvido, de todas las veces que prometiste a un amigo acordarte de él cuando terminase el campamento... cada vez que no le diste a un ser querido un simple beso... aquella primera vez que besaste su cara... el olor del otoño en el parque, y de las hojas al pisarlas... el sonido del mar aquella mañana de domingo... y en muchas ocasiones, demasiadas, lo que escuchas son tus sueños perdidos, esos que siempre empiezan por "cuando sea mayor, quiero ser..." que con el paso del tiempo se convierte en "si no fuera tan mayor, me gustaría..."

No hay corazón humano que pueda cargar con el peso de tantos olvidos (voluntarios o no), de tantas ilusiones (perdidas), de tantos amigos (desaparecidos), de tantas ocasiones (desperdiciadas), de tantas amarguras (asfixiantes)... Es curioso, nunca se equivocan de humano, aunque duerman varios en la misma cama... quizás porque nacen de tus sentimientos...

Y por eso, como algunas empresas que encargan el trabajo extra o más repetitivo a otras, el corazón y el cerebro humano, subcontratan con otras empresas (algunas de ellas orientales) la gestión de los sentimientos negativos o tristes, sobre todo los que más te duelen, que se convierten en esas pequeñas criaturas (y en pesadillas), se materializan durante el sueño... pero que de día se convierten en niebla de pelusas debajo de tu cama...

Son en cierto modo tu conciencia, las voces del olvido, y te recuerdan que hay una vida, esperándote...

NOCHES DE MAR...

Algunas noches, me despierto con la impresión de que nuestra cama se encuentra en medio del mar, puedo oler el salitre, sentir las olas, el vago rebufo a algas, a historias de otros tiempos... Menos mal que no me mareo casi nunca... ¿Cómo explicarlo? Aunque tampoco hace falta, si recuerdas la última vez que te sumergiste en el océano, y te dejaste llevar por las olas que rompían en la orilla...
El vaivén, el movimiento, ligero pero constante, un balanceo que te habla de otras vidas, de otros momentos... Recuerdo "Capitanes Intrépidos", y soy uno de ellos, casi siempre, el niño, lo que va muy bien con mi forma de ver y sentir el mar...

Me encanta Spencer Tracy, es uno de mis actores favoritos, y me sorprende mucho más en esta película, cuando estoy acostumbrado a recordarle en papeles de "duro", como en "La conquista del Oeste", "Vencedores y vencidos", "Paso al noroeste"... ¿Y el niño? No podemos olvidarnos de él: Freddie Bartolomew, quien un año antes participó en otra de mis viejas y queridas películas: "El pequeño Lord"... Ya casi nadie se acuerda de las antiguas y enormes glorias... hay demasiada gente para quien una película en blanco y negro ni siquiera se merece considerar como tal: siempre será un "tostón"... y si es muda, mucho menos... Y, sin embargo, en los últimos años los genios de la industria cinematográfica americana se dedican a ofrecernos "refritos" y "revisiones" de las grandes producciones de aquellos años, entre otras "Drácula", "Frankenstein", "El padre de la novia"... Todavía no se han atrevido con "¡Qué bello es vivir!", aunque demasiadas presuntas comedias cargadas de buenos propósitos tienen un cierto rebufo de esta película que, según mi nada humilde opinión, es una de las diez mejores películas del cine de todos los tiempos...

Pero regresemos al mar, a la cama barco, al salitre y el sudor, cuando escucho en mis recuerdos la tonadilla que cantaba Spencer Tracy, "Ay mi pescadito deja de llorar, ay mi pescadito no llores ya más..." acompañado, creo, por una zamfoña... Nunca he sido marinero, pero sí he subido en barco algunas veces, desde un ferry en medio de una tormenta en las costas de Inglaterra, hasta un velero en las costas de la isla de Ventotene, otra vez durante un crucero por el Nilo con mis padres y mi hermana, y en los típicos barcos para turistas en Lanzarote y Fuerteventura... o bien los tradicionales patinetes... pero siempre recordaré aquél paseo por el Caribe, nadando en el agua más cristalina que jamás he visto... aunque más fría de lo que parece...

No deja de ser curioso que el mar, el océano, me inspira un profundo temor, respeto, y miedo. Como soy miope, antes incluso de bañarme, tengo que establecer referencias visuales, procurar mantenerme más o menos dentro de una línea o zona donde me pueda orientar, o bien utilizar algún valeroso lazarillo, por ejemplo, mi mujer, o alguien de la familia... Todavía sigo recordando la película "Tiburón" (y sus secuelas), o bien la segunda parte de "Piraña"... Aunque no nado mal, prefiero bucear, a pesar del engorro que supone ponerse las lentillas en casa, llevar los complementos a la playa, y utilizar unas gafas de natación... lo que viene a significar que, mientras pueda ver lo que se esconde por debajo de mí, tener una aceptable visión periferia, y sobre todo, que el agua no esté muy fría, me gusta bañarme, jugar con las olas, observar los pequeños bancos de peces... Siempre he tenido ganas de hacer un curso de buceo, aunque fuera una iniciación... pero nunca encuentro tiempo, ni dinero, para ello...

Y, sin embargo, no se me ocurre mejor lugar en el mundo para relajarme que una playa de arena blanca, al amanecer, con el leve murmullo de las olas, y buena compañía... Escuchar la canción del viento y el agua, los sonidos de la luz contra el mundo de las sombras... Y comprobar que todavía queda esperanza...

Marinero de tierra firme, cuya cama se convierte en barca algunas noches... y las alfombrillas están mojadas de agua salada, de agua de mar, cuando las piso por la mañana...